" EL arte del Vivir", DISERTACIÓN FILÓSOFO-SOSEGANTE

DE ALBERTO Gª ABEJÓN, MI PADRE

Mi padre se fué, navegando en su navío, el 4 de Octubre de 2020, adentrándose en su amada mar para no volver más. Este escrito lo encontré entre mis recuerdos, tras su partida, y había tanta verdad en él, tanta sabiduría.....que sentí que me lo estaba susurrando a mí para que siguiera adelante, con mi propia travesía, aunque ya sin él. He querido ponerle mi voz para que así perdure y por si a alguien le inspira, como a mí, en el "Arte del Vivir".

El Arte del Vivir
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       Como comandada por un dios perverso y violento, la vida nos flagela con el látigo del ignoto destino, con el que se obstina y deleita en descarnarnos cruel y sanguinariamente nuestros débiles e indefensos somas. Hasta aquí, nuestros lamentos y gemidos ante el dolor y el sufrimiento, que esta lacerante situación nos comporta, están justificados, incluso que, casi desangrados y vacíos de toda esperanza de mayores confores y gozosos futuros, airadamente la rechacemos procediendo al suicidio; severa decisión esta, y único y fundamental problema filosófico del hombre, tal y como afirmaba mi colega y homónimo Albert Camús.

       Pero…“buscar sentido a la vida”, analizar si merece o no ser vivida, es asunto que va mucho más allá de cualquier sufrimiento por intenso que este sea, pues debe entrar en el juego un “naipe reparador”, una “carta de esperanza”, un “comodín liberador” que hemos de jugar con suma destreza y magistral estrategia sin, de ningún modo, menospreciar la siempre posible reacción de nuestro rival que, nunca aficionado, podría dar al traste con nuestra oculta intención de fuga y, recrudeciendo sus rigores flagelatorios, hostigue aún con mayor fuerza nuestras exhaustas y sanguinolentas proteínas. 

         Pero esta adversa circunstancia…”es otra historia”, que haría muy extenso este breve comunicado “filósofo-sosegante” que os dedico en el día de hoy en que, cautivo y desarmado el ejército rojo, mis tropas han alcanzado sus últimos objetivos, por lo que mi guerra ha terminado.

      En muchas ocasiones, aunque no siempre como digo, esta ágil jugada nos conducirá a la victoria, a detener ese sentimiento trágico y doliente de la vida, a cercenar incluso los lesos brazos del destino que nos golpea inexpugnable, mitigando el dolor insufrible de una eterna y agobiante desesperanza.

¿Qué tal si lo llamamos, si denominamos a esta lúdica pericia en esquivar los que nos aplasta, “arte del vivir”?, es este término apropiado porque implica “arte”, que es superación, y “vida”, que es lo que nos preocupa y, en el fondo, nuestra única y precisa propiedad. 

         Porque, entre “latigazo y latigazo”, existe una pausa, instantes de leve sosiego en los que debemos actuar en un intento de elevarnos, de atisbar el más allá de esa existencia real e inerte, de atenta contemplación de otros espectáculos exteriores, “el mundo”, o interiores, “la meditación fértil y el arte en sí mismo”, que nos reconforten estimulando nuestro interés “a pesar de todo”. Más, su descubrimiento no es fácil ni gratuito, exige esfuerzo y un mínimo de anhelo, y a esto llamaríamos “entusiasmo”, capacidad de superación sobre lo banal que nos aflige y limita, alejándolo lo más posible de nosotros, aunque solo sea durante estos preciosos períodos de tiempo, pero que nos permitirán un retorno reforzado recuperados ya y ansiosos del próximo “intervalo de libertad”.

            Porque esos escenarios, porque esos procesos de plenitud y satisfacción espirituales son posibles y “están ahí”, y su valor supera con mucho su precio; el espectáculo alucinante, físico o biológico, de la naturaleza y el cosmos donde nos debatimos, o el otro, más oculto y hermético de nuestro “pensamiento activo y fecundo”, ambos más preciosos, perfectos y bellos cuanto mayor sea el ánimo de fuga, de escape de la norma y la rutina. Es entonces, en esos instantes de intensa paz, de severa atención y búsqueda, donde hallaremos ese “sentido del vivir superior” que nos eleva y reconforta hasta límites que pueden incluso asombrarnos, límites que nos acercarían mucho a esa “posible felicidad” que, siempre en fuga, debe construir nuestro objetivo último, sin importarnos demasiado, sin que nos refrene el esfuerzo, la imposibilidad de abordarla del todo. 

            Vivir en moderada armonía con nosotros y con el mundo, no es tan complejo como parece, su fundamental arcano reside simplemente en la cantidad y cualidad del anhelo y pasión que le dediquemos. La necedad y la pobreza intelectual se cerniría sobre nosotros si al menos, no intentásemos, osados y ambiciosos ¿Por qué no?, cubrir con el manto de la ilusión y el deseo anhelante nuestras obligadas miserias, alzándonos sobre ellas para alcanzar lo extraordinario y excepcional a través de una mirada inteligente y escudriñadora que, como una “hidalga con lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”, recorriera los bellísimos escenarios del mundo y el pensamiento que, sin duda alguna, “son y están” no muy lejos de nosotros. 

            He aquí la aventura, la singladura o el periplo que ante vosotros se extiende y os llama; arbolar con sabiduría y gobierno vuestro navío y lanzaros a ella con esa hidalguía de la que no carecéis; atravesaréis ciclones, tenebrosas y horribles tormentas, más hallaréis tras ellas, calmas maravillosas, esplendores en la hierba, estados dichosos del alma de gran exaltación, que harán saltar por los aires cualquier esquema prefabricado del mundo y de la vida, haciendo de ésta algo más tibio, más acolchado, menos monocorde y, sobre todo, muchísimo más hermoso. 

            Disfrutar ahora de un período de estos, de unos instantes de los que os hablo, apartados de la rutina sofocante. La brisa de la libertad debe impulsar el velamen de vuestro navío; soltad amarras marineros y zarpad a lo desconocido dejando atrás solo la estela de vuestra emoción; no olvidéis que “a pesar de todo la vida esconde algo… algo; y ese algo hay que buscarlo allí… allí donde quiera encontrarse”.

 

Alberto Gª Abejón

Mi padre.